24 de enero de 2021
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Venezuela: el 2030 más cerca, los ODS más lejos

VENEZUELA CRISIS

Caracas, 24 nov (EFE).- Es muy posible que Elizabeth Garzón o Aracely Ponce no lo sepan, pero los países del mundo acordaron en 2015 mejorar, en los tres lustros siguientes, sus condiciones de vida a través de un proyecto: los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Como a muchos venezolanos, ese plan les suena a chino y pelean en su día a día para tener agua o llegar a fin de mes.

Los ODS, también conocidos como Objetivos Mundiales, fueron adoptados por los Estados miembro de las Naciones Unidas como un plan universal para poner fin a la pobreza, proteger el planeta y garantizar que todas las personas gocen de paz y prosperidad para 2030. Sin embargo, Venezuela parece estar cada vez más lejos.

"Vivimos en el oeste de Caracas y venimos cada ocho días a buscar agua", explica Elizabeth a Efe mientras recoge agua que brota de la montaña. Esta vecina de la capital venezolana recibe agua en su domicilio una vez cada dos semanas "y no da tiempo para lavar y hacer las cosas".

"AGUA LIMPIA Y SANEAMIENTO"

El acceso a agua limpia y saneamiento, la fuente de la vida o, como le dicen en Venezuela hasta la saciedad, "el vital líquido", es el sexto punto de los ODS y en Venezuela una quimera.

Elizabeth no es un caso aislado, Edison Arciniega, especialista en seguridad alimentaria y desarrollo, explica que sólo el 28 % de los venezolanos tiene agua corriente el 90 % de las horas de la semana.

Es decir, solo el 28 % de los venezolanos cumplen con uno de los objetivos fundamentales para la higiene, la salud y la nutrición que ha cobrado más fuerza que nunca con una pandemia que se previene, en parte, lavándose las manos.

En todo caso, Arciniega aclara que el agua que se recibe en Venezuela no es segura, pues hay "severos indicios" de que "no se están desarrollando procesos correctamente de potabilización", lo que se resume en una máxima: "No podemos garantizar que ese agua que sale por las tuberías es potable.

"Ni siquiera hay garantías de que el agua embotellada que se comercializa en Venezuela sea potable o la que se mueve por cisternas o se trae por pozos. Tenemos un problema grave con el agua, la mayoría de la población", explica.

Hoy, según los datos de los que dispone, cerca de dos tercios de los venezolanos no tienen agua todos los días en su casa, pero además, "el agua que llega, cuando llega, no sabemos de qué calidad es".

Elizabeth, al pie de la montaña que marca el fin de Caracas, lo explica: el agua que recibe cada 15 días "es sucia, tiene mal olor, mal sabor, no es apta (para el consumo) sólo para fregar los corotos (platos)".

"PROMOVER EL TRABAJO DECENTE PARA TODOS"

Para 2030, los ODS promovidos por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) propugnaban la promoción del trabajo decente. En Venezuela, con el salario mínimo ubicado en 400.000 bolívares soberanos (unos 0,5 dólares), la informalidad es la única solución para muchos.

La Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi), elaborada por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y publicada en julio pasado, muestra que el 44 % de la población mayor de 15 años es económicamente inactiva, mientras "se evidencia una disminución de los trabajadores asalariados y crecimiento de los trabajadores por cuenta propia".

Según la encuestadora Datanálisis, antes de la pandemia cerca del 57 % de los trabajadores habían caído en la informalidad.

Sin embargo, incluso aquellos con un empleo formal deben acudir a negocios secundarios informales, eso que los pretenciosos llaman emprendimientos, para llegar a fin de mes.

¿Para qué alcanza el salario? "para nada, lo mínimo que puedes comprar son cosas muy sencillas", explica Aracely, empleada en un campamento turístico.

Ella, también residente en Caracas y como si el mundo hubiera dado marcha atrás al reloj, tiene una parcela donde produce verduras y las vende.

"Produzco un poquito más pero para poder sobrevivir", explica apelando a la palabra que más se repite en Venezuela, sobrevivir.

"HAMBRE CERO" Y "FIN DE LA POBREZA"

Debería ser el norte de cualquier gobernante, que en su país no haya hambre ni pobres, pero en Venezuela, donde los datos oficiales brillan por su ausencia y hay que recurrir a fuentes secundarias, los indicadores no paran de crecer.

Según la Encovi, el 79,3 % de los venezolanos no tienen como cubrir la canasta de alimentos. Además, "la intensidad de la pobreza continuó su tendencia creciente. Si se determina a través de la línea de pobreza, se encuentra que el 96 % de los hogares están en situación de pobreza y el 79 % en pobreza extrema".

El hambre no ha parado de crecer y, según recuerda a Efe la nutricionista Susana Rafalli, la última encuesta del Programa Mundial de Alimentos (PMA) muestra que cerca de 9,3 millones de personas padecen "inseguridad alimentaria".

De ellos, explica, cerca de 2,7 millones de personas padecen inseguridad severa, si bien estima "que después de la pandemia y de las consecuencias de la estrategias de control, esa tasa posiblemente ha subido a entre 3 y 3,5 millones de personas", lo que supone cerca de un 10 % de la población.

"La situación de inseguridad alimentaria en Venezuela, en una escala del cero al cinco, siendo el cinco lo más grave, está entre 3 y 4. Eso está servido sobre una serie de factores agravantes en algunos sectores de la población, eso sí es verdaderamente catastrófico, llegando un nivel máximo de severidad", explica.

Esos datos ponen a Venezuela en la órbita de Haití y Guatemala, según explica la nutricionista.

"El gran rasgo es que en Venezuela, a diferencia de los otros dos países, hay una ruptura del Estado de Derecho. Más que un estado frágil, pasa ser un estado fallido", explica.

La consecuencia de un país así, incapaz de abordar la situación, es que se multiplica "la deserción escolar por hambre" y se puede ver a niños en la mendicidad y la prostitución a cambio de comida.

Pocas imágenes resumen mejor la situación de Venezuela donde, conforme se acerca 2030, la meta de los ODS, la máxima de "proteger el planeta y asegurar la prosperidad para todos", suena cada día más como un amargo sarcasmo.

Gonzalo Domínguez Loeda

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